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Gabriel Grau Caraballo

Un encuentro casual

4 min de lectura

Estaba sentado en una banca en la Plaza del Prócer. Desde ahí podía ver a la gente pasar. Iban los trabajadores a paso rápido y se distinguían por su velocidad y sus colores de los turistas, que caminaban despacio mientras descubrían la encantadora vejez del centro de la ciudad. Pero yo no les prestaba atención. Estaba concentrado en las más altas preocupaciones. Me encontraba afligido y hasta un poco nervioso. Era terrible: el aburrimiento me estaba pudriendo.

Me levanté y con mucha valentía decidí caminar hasta aquel café en la Calle del Descontento (ni por accidente confundir con la Calle de la Insatisfacción, ni con el Callejón Infeliz). Busqué una mesa en la esquina con vistas a la ventana. Pedí un café y me dispuse a matar el tiempo de la manera más sana que conozco: contando gente.

Entre el transeúnte número trescientos y el cuatrocientos veintitrés me pasó algo que podemos llamar un encuentro casual. Entró en el café (¡En el mismo en el que estaba yo en la Calle del Descontento!) una señorita de veintidós años y cuatro meses. Supe su edad exacta basándome en mis habilidades de deducción, obviamente. Lo llamo encuentro porque estábamos en el mismo lugar a la misma hora del mismo día; y casual porque, como no la conocía, resultaba imposible que hubiéramos acordado vernos ahí. De no haber sido casual sino planeado, habría podido ser una cita. ¡Ay, que lindo es el amor!

Entonces, la señorita —que se llama Catalina, por sus cejas— entró al café. Mientras cruzaba el umbral de la puerta me dirigió una mirada tan penetrante que de no ser por el espaldar de la silla me habría ido de espaldas, con lo que me habría golpeado la nuca y habría podido quedar cuadripléjico. Oh, cuánta catástrofe puede cargar una mirada.

Cuando finalmente me repuse de aquel impacto entendí que acabábamos de empezar a jugar tenis con nuestros reconocimientos y ahora era mi turno. Mi jugada fue tan sutil como el sonido que hace una hormiga cuando la aprietas entre el índice y el pulgar: giré la cara en su dirección y levanté la ceja derecha medio milímetro, para que ella entendiera que había recibido y aguantado plenamente su mirada de arpón.

Catalina pidió un café y así me dio a entender que le gustaba (el café). A mí también me gusta el café. Por ello, no tuve más opción que pensar que la primera vez que durmiéramos juntos, la sorprendería a la mañana siguiente con una humeante taza de té. Nada hay que me haga más feliz que la expresión de desconcierto en la gente cuando espera una bebida y recibe otra. O cuando espera una noticia y recibe otra, ¿por qué no, si el desconcierto es dulce en cualquier presentación?

Ahora que compartíamos nuestros gustos y aficiones, procedí a sacar un mapa de Berlín que casualmente llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón. Desdoblé los ocho pliegos del mapa sobre mi mesa y comencé a señalar con el índice aquellos lugares que sabía que eran interesantes (nunca he ido a Berlín, pero bastante me han contado) para enseñarle cómo mi espíritu era el de un viajero.

Al ver su forma de sentarse, no pude evitar pensar cómo sería ella una estupenda compañera de viaje. Su postura señalaba que no se acalambraría tanto como yo en los trenes. Aquello me llenó de felicidad, la idea de una compañera de viaje que pudiera burlarse de mis dolores de viejo. Y con sus miradas fulminaría en el acto a todo aquel que se riera de mis muecas de aflicción. Descubriríamos juntos las vejeces de ciudades dónde nos distinguiéramos de los locales por nuestros colores, pero no por nuestro paso lento. Antes que caminar lento prefiero quedarme quieto.

Al ver a Catalina terminar su café comprendí que ya nuestros encuentros no volverían a ser casuales, que debía asegurarme a capa y espada de que hiciéramos planes juntos para aniquilar el aburrimiento. Porque después de días, meses y años viajando juntos ya sería muy difícil tener un encuentro casual con ella en una ciudad desconocida. Quería vomitar mi corazón por haber llegado a semejante descubrimiento, así que doble el mapa de Berlín que estaba en la mesa en treinta y dos pliegues y me lo tragué como una pastilla para la tos (para que viera la dureza de mi estómago). Apuré el café y me dirigí temblando como una lavadora vieja a su mesa.

Su voz era terriblemente dulce y melódica. Me recordaba la comodidad que sentía hace tanto tiempo en el útero de mi mamá. Antes de que pudiera articular palabra, me dijo:

—Ni de vaina.