Ir al contenido
Gabriel Grau Caraballo

Un amor pasivo

1 min de lectura

Cada ocho o diez días, nunca nueve, visito a Lucía. Llego a su casa, entro y me siento en la terraza. La llamo, nunca contesta, siempre baja. Se sienta en la mecedora al lado de la mía y empieza a armar el primer cigarrillo. Se fuma tres en total, uno tras otro, cada vez que la visito. La quiero porque tiene la bondad de exhalarme el humo en la cara desde que sabe que ya no fumo.

Lucía y yo llevamos años fumando juntos y si nos escribiésemos cartas nos despediríamos con Siempre tuyo, y olerían a tubo de escape. Pero nunca nos escribimos. Ella sencillamente adivina mis ganas de visitarla y me recibe en actitud de entrega.

¡Ay, Lucia! Tan bella y tan astuta, sabes bien que te gusto y ese es el motivo exacto por el que no podemos estar juntos más de tres cigarrillos y un beso de despedida.