Perdóname que me dirija a ti por este medio, que hasta un punto es más mío y por eso mismo confío en que daría alguna ventaja a mis expectativas de convicción. La cuestión es muy sencilla, me apartaré de ti. No pienses que te has equivocado en mi contra. No. No te preocupes. En absoluto, cuanto menos has sido muy buena conmigo y por ello te doy las gracias. El motivo de mi autoprivación de ti es completamente preventivo. No quiero hacerte daño. Ni tampoco que me hagas daño. Verás, querida, que entre tú y yo hay algo subyacente que nos separa y nos atrae desde hace mucho tiempo. Tú te escondes en la seguridad del amigo y deflactas cualquier ilusión con el pretexto de la coquetería por deporte. Pues bien, si ese algo subyacente no existe, solo puedo concluir que llevo ocho años equivocado. Esta conclusión la veo como algo muy improbable partiendo de mi experiencia conociendo a la gente y viendo cómo interactúa. Impulsado por mi aguda intuición afirmo que no estoy equivocado.
Antes de continuar con esta disertación tengo dos historias que contar. La primera la veo como un fatídico presagio. D y E son amigos desde una noche que casi pasan juntos al finalizar la universidad. Llevan vidas que no tienden a converger. E trabaja mucho y está soñando con su carrera, sabe lo que quiere ser y algún día llegará a serlo. D se dedica al disfrute de los placeres de su posición social y económica. Dos años después de conocerse, hicieron un viaje juntos. Pusieron reglas. Las incumplieron todas. Se acabó el viaje y volvieron a divergir. Con los años, ella se fue poco a poco convirtiendo en lo que quiso ser. Él por su parte pasó de picos a valles y en el proceso se rompió varias veces. En una de sus caídas la llamó. Le dijo entre llantos, “¿Me puedes avisar cuando oigas esto? Necesito hablar con alguien. No con alguien, contigo”. Ya para ese punto ella estaba con uno que no la hacía feliz y perdieron la oportunidad. Por un tiempo D vivió intensamente y se apartó en gran medida de ella. Cuando se juntaron, después de años, el encuentro fue terrible. Al final de la noche ella le dijo “Te quiero, muchísimo, D. Pero ya no me gustas”. Y lo dejó. Pasaron los años, él tuvo una hija, se divorció; ella, por su lado, logró lo que tanto anhelaba y se convirtió en lo que siempre quiso ser. La principal secuela del divorcio de D fue que por primera vez se acostó con E. A ese punto, él la buscó por última vez. Ella estaba con alguien más. Sin embargo, por fin, después de quince años de convergencias y divergencias lo escogió a él. Fueron en máxima medida felices hasta que ella murió en un accidente, dejándolo a él con la felicidad cortada antes de verdaderamente empezar. Aquí acaba la primera historia, querida. Me atrevo a decir que estaría muy grave (y sin embargo sería curioso) que nuestra historia se pareciera incluso más a la de D y E. ¿Tendremos que esperar siete años más de los ocho que ya llevamos para que nos concedan un fragmento de cielo?
La segunda historia también es de una pareja. Es un poco más corta, pero más diciente, como verás. A era el hombre estrella, se acababa de graduar, tenía una maestría en el exterior por delante y desafortunadamente se conoció con E. Un día fueron al museo de arte moderno. Almorzaron. Al despedirse, él intentó besarla y ella se resistió. Fue incómodo. La siguiente vez que se vieron E fue a la casa de A pidiéndole un baño para cambiarse de atuendo entre el estudio y el trabajo. A le sugirió que hiciera el cambio de prendas en su cuarto y ella accedió. La vio desnudarse sin prisas ni pudores. A intentó besarla y de nuevo ella no quiso. Lo dijo en alta voz, “No nos vamos a besar”. A se fue eventualmente al extranjero. Vivió una vida que no sintió suya durante cuatro meses y volvió a su ciudad. Pasaron seis meses sin que se contactaran. E le escribió una carta a A en la que le pedía que se vieran de manera urgente. Lo primero que hizo al verlo fue besarlo y ahí empezó una historia de amor que se sale del ámbito de esta carta. ¿A dónde me tengo que ir, querida, para que al volver me recibas entre tus piernas? ¿Por cuánto tiempo tengo que faltarte para que descubras que mi felicidad se parece a la tuya precisamente porque son la misma?
De estas dos historias tenemos mucho que aprender. Tú me dijiste que preferías mi amistad a que yo pasara a ser un amor que dejes cuando te deje de servir. Temo que pueda intentar convencerte de que yo puedo ser un amor de esos que no te van a dejar de servir. Temo que mis ganas de mostrarte todo aquello de lo que te has decidido perder sean más grandes que mi capacidad de autocontención. Lo repito: no quiero hacerte daño ni que tú me hagas daño. Por eso te dije en la escalera de salida del sueño que en esta vida nunca te iba a pretender más. Cuando tocaste mi cuerpo me dijiste que me sentías roto, querida. El problema de jugar con vidrio es que te puedes cortar. Una alternativa a mi decisión podría ser descartar todas estas ideas y hacer finta de que me interesas solamente en términos de amistad. No te asustes, te hablo en confianza. Podríamos tener una temporada divertida como amigos que se coquetean por diversión y no pasan de ahí, pero yo no quiero eso, querida. Te pido que me pienses con el cariño con el que abrazabas mi brazo para dormirte en mi hombro. Yo por mi parte tengo cosas que vivir, y no sabes cuánto me habría gustado que hubiera sido contigo.