I'm still looking for my own version of America
Lana del Rey, Looking for America, agosto de 2019
En el Distrito de Columbia pasa de todo.
Y sin ninguna primera intención de recordar el pasado, publiqué una foto junto al obelisco que se puede ver desde la parada de metro de Smithsonian.
No recuerdo sinceramente esta vez cuál era en mi conteo de visitas al Distrito de Columbia.
Y con esa misma memoria de bebedor de aguarrás omití que M. se había ido a vivir allá para la época en la que me casé.
Mi esposa y yo teníamos veinticinco en ese momento.
M. también se casó, dos años después.
La noticia de su boda me generó alegría genuina.
Alegría que solamente se puede sostener como con palillos chinos.
Alegría que pretender apretarla es soltarla.
No me atrevo a decir que lo archivé como un recuerdo más.
Tampoco pretendo que haya sido algo trascendental para mí.
Fue una buena noticia.
En Japón la tasa de suicidios ha bajado.
También es una buena noticia.
Pero no es algo trascendental para mí.
Muy pocas cosas lo han sido.
Esa vez, subí la foto. Ni el mundo ni mi mundo cambiaron. Sin embargo, al regresar al hotel, encontré algo. No fue lo primero. Tras entrar en la habitación, se desató un debate álgido con mi esposa.
El debate duró cuatro horas y trataba sobre la veracidad del viaje a la luna en el 69. Ambos estábamos de acuerdo en que eso no pasó. Pero no estábamos de acuerdo en qué estábamos de acuerdo. Encontré un hola de parte de M. en mis mensajes.
—Entonces, M., ya estamos grandes y casados. ¿Cómo te parece?
—Mmm, me parece genial. Y mejor, no estamos allá.
—Yo vivo allá.
—No. Esta semana vives acá. Eso me hace feliz. ¿Tiene sentido?
—No sé si tenga sentido. Pero siempre ha sido esa la naturaleza de nuestra relación.
—¿La naturaleza de nuestra relación?
—Es una forma de decirlo. Lo que quiero decir es que yo también estoy en cierta forma feliz de estar en tu ciudad.
—¿Será amor? No recuerdo que nos besáramos.
—Pudo haberlo sido, pero no creo. Ni siquiera nos dimos un pico. Yo digo que viene más del respeto mutuo, ¿no?
—Ajá, siempre te he respetado…
—Yo sé, y es recíproco. Todavía me acuerdo de la visita a distancia y se siente extrañamente bien.
—¿La visita a distancia?
—Cuando me enteré de tu caída y te pedí permiso para mandarte unas galletas. Una completa locura dadas las circunstancias.
—¿Te parece locura? Yo, literal, de ese grupo de locos barranquilleros, al que más cuerdo veía era a ti, pero estabas atrapado…
—¿Será? Esta medalla de diez años sobrio no me vino sin haber tocado fondo.
—Sí, ¿y ellos? De los que sobrevivieron, ¿cuántos tienen una buena vida?
—No sé. Los he perdido de vista con los años.
—Me respondo yo misma: ninguno.
—Visto así… Aunque, en ese momento, yo tampoco tenía una buena vida.
—¿Cómo así? Hacías lo que te diera la gana, la gente te seguía y eras el único con un trabajo. Decente, al menos.
—¿Recuerdas qué hacía?
—A día de hoy no sé qué hace un ingeniero.
—Yo tampoco sé. Es hablar mierda con números. ¿Era por eso que me respetabas?
—No necesariamente, pero tampoco jugó en tu contra. Mi respeto viene más de que eres una buena persona.
—¿Te parezco una buena persona?
—No soy quién, pero, en comparación, sí. Mientras ellos cazaban por deporte, tú eras presa y creo que lo sabías. ¿Lo sabes ahora, al menos?
—Sí, yo era una hueva…
—No, te faltaba mundo. Y puede que haya sido eso, tu ser de otra parte, lo que te haya salvado.
—¿Salvado de qué? ¿De mí mismo?
—No, de ti no sé cómo te salvaste. Sorry. En ese momento estabas a salvo de crear más víctimas.
—Después de haber perdido toda esperanza después de V., me exilié hasta que me llegó una luz. Está ahora mismo durmiendo la siesta en el hotel.
—Precisamente, la luz te llegó porque tú también eres luminoso. Lo confirmé cuando me hiciste la visita a distancia y luego me dejaste de hablar. Habría sonreído si la cara me lo hubiera permitido.
—En el estado que estaba, no me atreví a presentarme en tu casa, pero me dolía mucho saber que te habías lesionado y la comida rica nunca sobra.
—Cuando estaba lesionada, no fuiste el único que mandó regalos.
—No me extraña, eres un sol.
—Pero fuiste el único que no lo hizo para sacarme provecho. Que yo sepa. Estaba terminada y vuelta nada físicamente y tú no te pusiste en cola para mi regreso.
—No me enteré de que estuvieras terminada. Aunque es cierto que no volví a ver al man con el que andabas. Y a ti, te veía más lejos.
—Mis amigas no querían admitir que tú no me ibas a hacer daño. Y para que quede claro: yo no me caí de las escaleras, ni estaba borracha esa noche que no te invitaron por lo tranquilo que era el plan.
—Mierda… ¿Cómo es posible?
—Todo es posible, afortunada y desafortunadamente. Es una mierda tan profunda como el océano. Una mierda que me hace revisar dos veces antes de bajar cualquier escalera.
—No tenía idea. Créeme que lo siento mucho. ¿Denunciaste?
—Ha pasado mucho tiempo, y con la plata que tenía ese man, nadie me iba a creer.
—Yo no lo hubiera dudado.
—Ni yo dudo de tu confianza. Tampoco dudo de que hubieras buscado la forma de vengarte. Pero afortunadamente, ese problema ya no está. Igual, tampoco te hubieran creído.
Cambiamos de tema e intercambiamos biografías. Yo le conté de mi padre y de Los locos de Macondo. Ella me contó del suyo.
—¿Entonces tu papá es astrónomo?
—Sí, por eso siempre he querido ser una estrella.
—¿Eso para qué sirve?
—Yo pensaba que me iba a dar atención. Pero él estaba en otras constelaciones. Las escucha desde Chile.
Y yo le conté de mi madre y así se nos fue una hora. Era un encuentro de quince minutos.
—Me tengo que ir, me están esperando.
—A mí también. Gracias por acercar nuestros mundos. Gracias por creer en mí…
—No me quedes mal entonces.
—Ja… ¿Cómo se te ocurre?
Y me miró a los ojos a través de dos pares de lentes:
—Respecto a la naturaleza de nuestra relación, ¿one for the road?