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Gabriel Grau Caraballo

La sonrisa

4 min de lectura

Cuando él la vio bailando por primera vez entre el humo y la gente de la discoteca no pudo contener una sonrisa pícara y diciente. Aquella noche habíamos salido él y yo a tomar cócteles a un bar que quedaba en una azotea. El cóctel que pedimos le pareció muy suave y se cambió a cerveza. Llegó ella y la reconocí de lejos. Él se levantó y corrió a saludarla como los perros cuando llega el amo del trabajo. Hablaron un rato mientras yo le compraba un gin-tonic a una señorita que estaba sentada en la barra. Él volvió radiante. Me contó que habían hablado de su amigo en común, pero no me contó que en esa conversación la dinámica de su relación había cambiado definitivamente.

Pagamos en el bar después de que ella se fuera. De ahí llegamos a la discoteca y estando en la barra la volví a reconocer y se la señalé. Ahí fue que se la quedó viendo y sucedió la sonrisa. Entonces lo supe. Mientras yo bailaba con diferentes damas cuyos nombres no aprendí, él se mantuvo el resto de la fiesta con ella —sin contar las respectivas pausas entre canciones para venir a dónde mí a que le sirviera trago y ella viniera automáticamente a buscarlo. En una canción juntaron narices y no pasó más que otra para que ella lo besara. Se entregaron el uno al otro sus bocas y gradualmente fue bajando la calidad de su baile en la medida en que aumentaba la intensidad de su beso. Interrumpieron el beso y ella salió a contestar una llamada. Él se me acercó.

—La llamó Amor —se rio.

Ninguno de los dos se dio cuenta del momento en el que ella entró de nuevo. Incluso llegamos a preocuparnos ante la posibilidad de que se hubiera ido. La encontramos en un sofá sentada viendo la fiesta en silencio y contemplación, sorbiendo aguardiente mezclado con Red Bull. Ella se salió de su hechizo cuando sintió el olor de él. Miró hacia arriba y lo jaló de la mano. Mientras ellos se besaban sin ley ni orden en el sofá, yo seguí bailando anónimamente hasta que a las tres nos sacaron de la discoteca. Decidimos compartir un taxi los tres. Ellos iban para un after y de camino me dejaron en mi casa.

Al día siguiente él y yo nos reunimos a tomar café y discutir los acontecimientos de la última madrugada. Me contó lo siguiente.

«Llegamos al after. A los quince minutos llegó el Amor de ella. Afortunadamente no nos habíamos besado aún. Apenas lo vi con su caminar de oso polar borracho recordé que la mejor manera para acostarse con una mujer con novio en una fiesta es destruirlo —en cualquier sentido. Me dediqué arduamente a servirle trago hasta que no pudo más. El tipo la buscaba tropezándose con todo el mundo y con todas las cosas, y ella encontraba la forma de ubicarse cerca de mí sin que él la viera.

Entradas las cinco de la mañana estábamos los últimos seis sobrevivientes en el balcón. Al novio de ella lo habían mandado encomendado al Espíritu Santo en el carro de uno que estaba tres octavos menos borracho. “Atento”, me dijo ella, “tengo sed”. Se levantó y se dirigió a la cocina. Esperé treinta segundos de prudencia y fui tras ella entre burlas y festejos de los presentes. La cocina estaba completamente en penumbras. Una mano fría y temblorosa tomó mi mano en la oscuridad y me arrastró hasta el cuarto de labores. Lo hicimos con todo el tiempo del mundo usando una lavadora que puse a andar para soporte. Lo único que nos faltó fue meterla a ella dentro de la lavadora y hacer el helicóptero invertido automático, pero eso solo se puede con enanas. Cuando revisé la hora habían pasado ya las ocho de la mañana, pero desde la ventana del cuarto de labores se veía una oscuridad tal que se distinguían las estrellas. Por cada estrella un beso y un pellizco. Por cada planeta un mordisco y por cada espacio vacío una caricia. A las nueve decidimos volver a la incómoda realidad y salimos a la luz inclemente de la cocina. Nos habían dejado desayuno con café incluido.

Hace unas horas me escribió: “La ropa cuando se lava hay que secarla”».