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Gabriel Grau Caraballo

La perdida

6 min de lectura

Se perdió la hija del alcalde. No había pasado media hora cuando todos en el pueblo ya estaban enterados de que se la habían llevado hasta con el gato (que en realidad era gata), de que había dejado el celular cargando y le llegaban mensajes de un tal Amor que ninguno le conocía, y de que el señor alcalde la noche anterior se había emborrachado en el billar y había aparecido al amanecer con un pollo y ahí fue que se dio cuenta de que su hija y la gata no estaban; y se lo dijo como pudo a su mujer que se estaba tomando el café y no había recibido de buena manera la ofrenda del pollo; y la empleada escuchó las palabras entre los vómitos del alcalde y se esparció la noticia.

Cuando el gobernador, que estaba pasando la semana en una casa que tenía en el centro, se enteró, mandó a su hija para la ciudad; para que, si se iba a perder, se le perdiera a su mamá y no a él, que ya tenía bastantes preocupaciones. Además, le mandó a decir al presidente que tuviera cuidado, que se estaban perdiendo las hijas. El presidente se curó en salud y mandó a guardar también a sus varones.

Al medio día ya se sabía quién era Amor: el hijo del psiquiatra del pueblo. Las autoridades lo confrontaron. Él ni se había enterado de la desaparición. Estaba con los ojos todavía dormidos y la marca de la hamaca en toda la cara.

—A mí anoche me contestó hasta las doce —afirmó y no dijo más. Estaba preocupado por la posibilidad de que ella lo hubiera abandonado por un tipo con más plata, como la anterior. Sin embargo, se conformó con pensar que ésta tendría la mínima decencia de dejarle la gata, ya fuera como recuerdo o como seguro de que regresaría.

Llegó la noche y seguían perdidas la hija del alcalde y la gata. Amor estaba cansado de arrancar pétalos de flores, que ya se extendían como las faldas de un vestido alrededor de su cama. No sabía si se iba a emborrachar por ella o por su desaparición. Tampoco sabía si se iba a emborrachar con aguardiente o con whisky. Pero sí tenía claro que bajo ninguna circunstancia iba a mezclarlos. No iba a dormir con una sustituta, sería una falta al respeto y al honor —estando desaparecida la principal.

Lo habían invitado a celebrar por adelantado el regreso de la hija del alcalde y de la gata, sanas y salvas. Iban a ir los jóvenes a El chorro y la gota. La última vez que estuvo allí casi hace parte de una trifulca, cuando no conocía aún a la hija del alcalde —pero sí a su gata—, porque estaba intentando seducir a la mujer de un amigo de su amigo que no se atrevía, según él, a bailar con ella.

Cuando conoció a la hija del alcalde decidió que sólo se involucraría con mujeres con al menos tres grados de distancia de amistad o parentesco, o sea, mínimo con la amiga de la prima de la amiga y que ella sería su reina, como lo eran todas, sólo que esta era la definitiva.

Amor conoció a la gata primero, un día que su gato se atrevió a llevarla a la casa. Por lo general Señor —así se llamaba el gato— era más bien cauteloso y no dejaba que en la casa se supiera de sus aventuras. Sin embargo, con la espléndida maine coon de la hija del alcalde no pudo contener el orgullo y tuvo que ceder a su impulso de mostrarla en toda su grandeza ante los suyos. Esto pasó varias veces, hasta el punto en el que a Amor no le extrañaba ver a la gata en la tesitura de su ventana.

A la hija del alcalde la conoció en una fiesta en una casa. Más precisamente un 15 de diciembre en la casa de ella, cuando su papá aún no era el alcalde. Recién llegar se sentó en un gran sofá de cuero que rodeaba una mesa baja donde estaban las botellas. Después de varios tragos notó una gata ronroneando en su regazo. No la reconoció enseguida. Primero pensó que había reconocido en él el olor de Señor y le había llamado la atención. Por muy cauteloso que fuera Señor, era bien sabido por su dueño que era el gato con las feromonas más potentes del pueblo. Reconoció a la gata cuando se bajó de su regazo y corrió hasta los pies de una joven que estaba frente a él. Era la anfitriona, y él lo supo sin que se lo dijeran. También supo que su corazón ya no era de él sino de ella, estaba derrotado en batalla. Se levantó, marchó lo que había corrido la gata y cara a cara con ella le dijo al oído que estaba perdidamente enamorado de ella. Ella no respondió, sino que se sentó en el sillón que tenía detrás y le indicó que volviera a su puesto; los juegos estaban a punto de empezar.

Cuando le llegó el turno a ella, la retaron a que lo besara. Lo hizo sin ningún atisbo de reticencia y él hubiera sentido el impacto frontal contra ese iceberg hasta en sus tobillos si no hubiera estado tan borracho. Ella le dijo al oído «Secreto. Cuando esto acabe nos vemos en el baño de servicio». Se acabó el juego y él se dirigió al baño de servicio con la discreción que la borrachera le permitía. Mientras atravesaba la cocina casi se cruza con dos que iban a tomar agua. Tuvo que esperarla sentado en el suelo en lo oscuro y erecto por diez minutos.

Se amaron con la misma intensidad y la misma falta de pudor con la que se venían amando sus gatos desde hacía dos meses, según los cálculos de él, que era virtuoso en contar los días. Ella le aseguró que si comía callado seguiría comiendo. Él le juró de nuevo su amor por la gloría de su madre y ella volvió a callar. Salieron a destiempo del baño y no volvieron a hablar en toda la noche.

A los seis meses todavía se veían a lo escondido tres veces por semana. La gata le había parido una camada a Señor, todos igual de negros y distinguidos como su progenitor. Incluso en la semana de la pérdida se habían visto ya las tres veces. Aquella noche de la celebración en El chorro y la gota habría sido la cuarta vez —irregular— que se verían, y habrían actuado como extraños tal como hacían siempre que coincidían en algún evento. Sin embargo, como ella estaba perdida, no pudo participar en la celebración adelantada de su regreso.

Al día siguiente la perdida llegó a la casa impecable, salvo un cordón desatado, a la hora de almuerzo y se sentó a la mesa. Como de costumbre, nadie habló.