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Gabriel Grau Caraballo

La bandera es un dilema

7 min de lectura

El cronista está en un apuro. No es algo nuevo para él, pero tal vez nunca le había dado tanta importancia. Vive tranquilo saltando de historia en historia.

Su oficio consiste en publicar la verdad. Definirla es lo más complejo. Múltiples fuentes lo contactan y aseguran decir la verdad. Y en cierta forma todas tienen razón, al menos, eso es lo correcto. Por su naturaleza rebelde, había aprendido que lo mejor para él era ser aliado de todos sin pertenecer a ninguno.

El cronista no está muy seguro de si lo correcto sea en realidad lo más útil. Y no lo juzgo, también conozco la duda.

Ya tampoco escribía poemas, creía la gente. Lo cierto es que no la dio de poeta, y se buscó un oficio que le permitiera escribir y aprovechar sus dotes de investigador. Al principio, preguntaba aquí y allá cosas para tener que escribir. Después de haberse consagrado como cronista de los buenos, la gente lo buscaba con sus intentos de información para que él les diera vida y, por tanto, difusión.

Así, le llegó el rumor de que con el cambio de gobierno, cambiará también, entre tantas cosas, la bandera nacional. Las tantas cosas que también cambiarían variaban desde desde la forma de agarrar la empanada, hasta la forma de hacer empanadas en el gobierno. El congreso no se dejó cambiar.

Pero él no puede publicar un rumor. ¡Qué ignominia! El rumor se esparce solo y cada quién lo varía a su antojo. Pero el cronista no cree mucho en la conveniencia de la información. Se considera a sí mismo un purista del conocimiento. Así, revisa las más fuentes que puede, las filtra, y saca conclusiones que amigablemente reparte a sus lectores.

En su búsqueda de la verdad para el asunto de la bandera, consultó primero con los optimistas, los que le piden cambio al cambio, y le dijeron:

—Ahora va a haber paz. Pero sobre todo, plata.

Supuso que quisieron decir oro, que es el amarillo. La plata se deja para el cono sur.

—¿Y el agua?

—¿Qué pasa con el agua?

—¿Va a cambiar de alguna forma?

—Dicen que habrá menos por el fracking, pero yo no sé de eso. De igual manera, así haya menos, con más plata se puede comprar más agua y así no le falta a nadie.

—Muchas gracias por sus consideradas respuestas.

El cronista admitió que tampoco sabía nada sobre el fracking. Decidió segundo consultar con los pesimistas.

—Aquí no va a quedar oro que valga, ni agua. Y se derramará sangre como en tiempo de chaquetas negras.

El cronista se hizo el loco.

—En la capital se usan muchas chaquetas negras. En la costa, casi nadie usa chaquetas.

—Tiene sentido, camarada.

El cronista, de nuevo, se hizo el loco.

—Entonces, según ustedes ¿cómo va a quedar la bandera?

—Roja, con dos franjas amarillas y azules en el diez por ciento de la altura cada una.

Más allá de los polos, continuó su búsqueda. Tercero consultó con los barrios que él denominaba Nuevo Estocolmo. Pues venía también el rumor de añadirle estrellas a la bandera.

—Sobre el cambio de bandera, ¿usted qué piensa?

—Necesitamos algo que señale libertad.

—¿Como las trece colonias?

—¿Esto lo colonizaron trece veces?

—Hasta donde entiendo solamente fueron dos veces, así dice mi libro de historia.

—Menos mal.

Sin embargo, los mismos suecos locales echaron para atrás ese rumor cuando se enteraron del extranjero que contestó:

—¡Epa! Otra vez. Colombia copiando a Venezuela, así sigue siendo el beta, pues.

El cronista supuso que el primer beta que fue, fue el del origen de la arepa. Como si en el siglo XIX no hubiéramos sido la misma nación. Ecuador también hizo parte y entre sus varios nombres estuvo “La Gran Colombia”. O así sale en los libros de historia, al menos.

Cuarto, pasó lo mismo respecto a Ecuador cuando las fuentes militares llevaban el rumor de ponerle un escudo a la bandera. A los militares, los optimistas los llamaban defensores de la patria.

—Primero, gracias por su servicio y por permitirme hacer parte de su historia.

—Muchas gracias, Doctor.

—Yo no soy doctor, soy, como mucho, Maestro.

—¿Cuál es la diferencia?

—Yo no ando en camioneta. Volvamos al tema principal, me han dicho que ustedes quieren ponerle el escudo a la bandera, ¿es eso cierto?

—Sí, el escudo militar representa al pueblo colombiano, listo para ayudar a las fuerzas a proteger la patria.

El cronista suspiró.

—¿Usted tiene en cuenta que así es la bandera de Ecuador?

—¿Así cómo, Doctor?

—Como la de nosotros, con el escudo en la mitad.

El militar pensó, tal vez por primera vez en su vida.

—¿Que me confundan con un ecuatoriano? Agh, qué maricada.

Y así…

Quinto, buscó otras poblaciones representativas en el poder de decisión en el país. Una fuente de un laboratorio farmacéutico selvático le dijo:

—El patrón dice que algo de blanco a la bandera no le caería mal, como tampoco le cayó mal al país en la época de Don Pablo.

—¿Y usted, qué piensa?

—A mí no me pagan por pensar, yo ejecuto. Para pensar está el patrón y es lo que él diga.

La moral judeocristiana hizo que los mismos patrones echaran para atrás la idea. Cuenta otra fuente de mayor rango:

—¿Será que eso es dar mucha boleta?

—Puede ser, compadre.

—¿Y si protegemos a la familia?

—No es mala idea, compadre.

Por respeto a la familia… esto es, al negocio.

El cronista era de ingeniero de formación profesional (¿quién lo mandó a escribir crónicas?) Entonces se las arregló para declarar en su crónica:

Podemos concluir que hay un consenso entre los fatalistas, los optimistas, diversos estratos, el poder oculto y las masas (los que no se pronuncian) en que:

1. No se le va a añadir nada a la bandera.

2. El tamaño de las franjas va a cambiar sin duda.

2.1. Las dos últimas franjas se reducirán a una altura sumada equivalente al 20% de la bandera.

2.2. La primera franja se convertirá en el color principal de la bandera, ocupando el 80% de su altura.

Más adelante, para asegurarse de que lo entendieran al menos los lectores ilustrados, añadió:

Recordemos que la primera franja es la que usted quiere que sea según la orientación de su plano cartesiano.

La mayoría de los lectores atribuyó este comentario a su fama de ingeniero e hicieron como si no estuviera. Y así…

A la gente le gustó su crónica —sentían que por fin alguien decía la verdad— y fue celebrado por todos los públicos. Durante una semana, nadie pudo evitar hablar de la bandera y, consciente o inconscientemente, citarlo.

A nadie se le ocurrió que la franja más grande no fuera la que ellos creían.

El cronista había aprendido que tanto en los fracasos como en los éxitos no le servía mucho hablar con sus allegados al respecto. Su tía se preocupaba y tomaba en serio sus crónicas. Su padre le celebraba todo lo que escribía. Sus amigos dejaban archivados sus manuscritos o los regalaban. Por tanto, cuando recibió una crítica de un tal Jose Luis, decidió contactarlo.

La conversación con Jose Luis estuvo tan buena, que no pudo evitar designarlo su rival de confianza. Porque, dentro de su envidia, no lo podía admitir como un amigo.

—Mira esta vaina, Jose Luis. ¿Cómo te parece?

—Me hubiera gustado escribirlo a mí, pero lo hubiera hecho mejor.

—No seas así. Háblame del contenido, por lo menos.

—No lo veo mal, pero tengo una duda. ¿Estás proponiendo que se puede contar en sentido ascendente y descendente a la vez?

—Lo estoy demostrando.

Finalmente, y con esto ni el cronista ni yo nos atrevemos a decir que ganó el fatalismo, hicieron todas las gestiones necesarias para el cambio de gobierno. El nuevo gobierno ejecutó los trámites con una mano de hierro. Omitiendo que esa mano de hierro era sobada por una mano de seda invisible y atemporal. Entre tanto cambio y trámite, el del cambio de la bandera se quedó sin financiación y las cosas siguieron igual. Y así…

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