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Gabriel Grau Caraballo

El Vómito

3 min de lectura

Ella llegó primero. Llegué y me recibió con un abrazo oportuno e inmediato. Entramos, nos sentamos en la barra y pedimos una jarra de cerveza. Llenamos nuestros vasos y comenzamos a ocuparnos de discutir sobre elevadas preocupaciones filosóficas.

El sitio estaba atestado. Sin embargo, desde nuestra posición estratégica esto no nos molestaba. Éramos sutilmente privilegiados. La filosofía, como es natural, dio paso a algo mucho más terrenal: el trabajo.

—...Y es por eso que mi jefe es una perra —dijo con una sonrisa. —Al menos en esos eventos siempre hay alcohol y puede una entretenerse —añadió.

Me contó que llevaba ya tres gin-tonics. Entonces mi primera cerveza era para ella su cuarto trago. Seguimos bebiendo. Al final de la jarra le pedí que me acompañara a fumar. Ella, frente a la tentación de Lo Malo, no pudo evitar unírseme. Al final de su cigarrillo yo no había terminado el mío; me abrazó, me dijo que me quería mucho. La besé en el cabello y le aseguré que yo también. ¿Cómo no quererla con tanto cariño y ternura empaquetados en cincuenta kilos de luz empezando a embriagarse?

Cuando entramos pedimos la segunda jarra. A este punto considero acertado precisar que estallaba una rebelión en mi estómago. Ya empezada la segunda jarra comenzó a hablarme de sus relaciones con otros hombres so pretexto de haberle dado mi número a su mamá.

—Ella me preguntó con quién iba a salir, que si era con alguno de ellos. Resulta que tengo dos, que están a veces pero que no están.

—Son dinámicos.

—¡Exacto! Son dinámicos. Por eso le di tu número a mi mamá, porque tú siempre estás. Eres el Estático, entonces.

Debo admitir que esto me cogió tan fuera de base que no pude más que levantar la ceja derecha y reírme como respuesta automática a una afirmación de semejante calibre, incrédulo de tanta fortuna.

—Es broma —dijo y rio para limpiar el ambiente de la tensión que se había generado y yo me repuse algo decepcionado de mis nervios.

Seguimos hablando y bebiendo. En un punto de la conversación me llené de valentía y le quité el cabello de la oreja izquierda.

—Me gustan estas estrellas —dije.

—Gracias —y me guiñó un ojo.

Volviendo por un momento a la situación de mi estómago, para la mitad de la segunda jarra ya estaba a más no poder. Dejé de beber y ella terminó con lo que quedaba. Salimos del bar abrazados y caminamos así las dos cuadras hasta su casa.

—Estoy muy borracha, nadie me había visto así antes. Y tú hoy lo hiciste.

Al llegar a su portería yo estaba listo para irme, pero ella me pidió que me quedara. Me senté en una banca y ella llegó a abrazarme. Mientras duraba el abrazo vociferó algo relacionado con ser honesto con los sentimientos de uno mismo, lo que en una llamada posterior negó alegando amnesia.

La liberación de la tensión acumulada tras tres gin-tonics y cinco cervezas de coqueteo y contacto físico, no llegó a ocurrir. Después del abrazo sentimental en el que no la besé, ella vomitó tres veces. Tras acompañarla en su purgación la subí a su apartamento y la ayudé a entrar en su casa.

A la semana siguiente me escribió diciéndome que fue al mismo bar con otro y no fue lo mismo. No la vi más. Como en un disco de Sabina, un amigo común me contó que la vio donde habita el olvido.