Se quedó dormida con el sombrero en la cara. Sin despertarse, dejó caer su mano izquierda sobre mi muslo derecho. Durante las dos horas que conduje no la levantó. Íbamos por encima de los ciento cincuenta kilómetros por hora. La suspensión era tan buena que no se sentía. En otro viaje había aprendido que vale la pena correr en un auto europeo. Ella escogió el Mercedes blanco. Incluso quiso contribuir, “Aunque sean los peajes”. No la dejé. El viaje había sido mi invento y por tanto era mi responsabilidad costearlo.
Llegamos a un pueblo playero que me dio ganas de llorar. Cuánta miseria. Parecía que hubieran trasladado un pueblo, el más paupérrimo, de la montaña a la playa y les hubiera salido peor de lo que esperaban. Pude encontrar un consuelo: en el navegador faltaban veinte minutos para llegar al resort. Atravesamos calles de superficie lunar y pantanal. Me dolía en el alma cuando sumergía el Mercedes blanco en las lagunas que habían empezado como charcos. Otro de los tantos impuestos —no financieros— que pone la vida. Finalmente, llegamos a una carretera decente.
El resort se parecía al pueblo tanto como se parece un cuadro del periodo azul de Picasso a una silla de iglesia de garaje. Nos registramos en el edificio principal. El botones, viejo y cojo, no consideró suficiente nuestro equipaje para merecer su colaboración. Se limitó a mostrarnos dónde estaba el camino hacia nuestra suite. La suite quedaba en una de las dos torres secundarias del resort, la de la derecha. Ocupaba todo el séptimo piso.
Salimos del ascensor directamente a la sala grande de la suite. La suite tenía lo suficiente como para hacernos sentir herederos de algún tío sin más familia, pero con tierras. Mientras yo exploraba y descubría lujos que nunca había imaginado —la suite hablaba con impecable dicción y un acento pretencioso—, ella se precipitó a la cama. Se zambulló en una laguna de almohadas.
—¿Recuerdas las actividades que teníamos planeadas? Al carajo, nos quedamos en este sueño de suite. —Me dijo y estuve de acuerdo.
Ella estaba acostada en un sofá. Al frente, yo me mecía en una poltrona. Hablamos sin filtros desde el atardecer hasta medianoche. Hicimos turnos de cuarenta y nueve minutos para llenar las copas. A pesar de las cuatro botellas de vino, ninguno de los dos estaba borracho. Era tanta la emoción de estar juntos que no se podía deprimir el sistema nervioso central. Le conté cosas que no había dicho ni en terapia. Ella se precipitaba a terminar mis frases. Nunca le atinaba. Parecía de aquellas personas que no escuchan, sino que esperan su turno para soltar un discurso. Sin embargo, ella no era así. Ella me escuchaba con atención.
Estando despierto desde las cuatro de la madrugada, sabía que más temprano que tarde me iba a dormir. Sabía que el sueño me llegaba por partes: primero la pierna derecha, segundo la cara, tercero el pene. De ahí en adelante la secuencia tiene tantos condicionales que la omitiré. Cuando sentí el tintineo en la pierna derecha me decidí.
Nunca usábamos nuestros nombres de pila al natural. Nos quedábamos en los diminutivos y apelativos cariñosos. Esta vez merecía la pena usar su nombre completo.
—Margarita, me siento cansado. ¿Tú cómo te sientes?
—Mateo —dijo y me sorprendió el cambio de ambiente. El aura de ligereza que nos envolvía desapareció y nos dejó en la realidad del sueño—, yo también estoy cansada.
—¿Te atreves a hacerme un masaje?
—¿Y si me quedo dormida encima de ti? —Notó la segunda interpretación de la frase e hizo como si no la hubiera dicho. —Está bien, quítate la camiseta y acuéstate.
Tan pronto como su palma se apoyó en el centro de mi espalda sentí el cambio en mi estado mental. Habían desaparecido por completo la impaciencia y el afán. Sus manos recorriendo mi espalda se sentían como conejos bajando una colina. Durante el masaje no tuve ningún pensamiento erótico hacia ella. Escuchaba la palabra “paz” en cien voces. No sé si ella también escuchaba el mantra.
—Mientras te hacía el masaje sentí tu cuerpo roto. Quizás tu espíritu también. Hay algo en tu corazón que no has sanado y te está comiendo por dentro. ¿Sabes qué es?
—No lo sé. —Mentí. Haberme confesado con ella hubiera sido una mala jugada. —Quítate la ropa, es tu turno.
—¿Turno de qué?
—De masaje, mi cuerpo roto se siente en deuda contigo. Trataré de no cortarte. —Reímos.
Me quedé absorto ante su atuendo playero, ante su cuerpo de adolescente frustrada, ante su cuerpo de amor luminoso. Cuando se dio cuenta, giró ciento ochenta grados. Inmediatamente cayó en la cuenta de que mostraba tanto al derecho como al revés y rio. Se acostó boca abajo y se cubrió las nalgas con una toalla de manos. Empecé a trabajar su espalda con un dedo que dibujaba constelaciones desde sus lunares. Era tan blanca que un negativo de su espalda hubiera parecido el cielo de noche en una finca.
Apoyé mis dos manos en sus escápulas y sentí que algo fluía desde mi pecho hasta su cuerpo. Atravesaba mis brazos. No era algo completamente físico ni definido. Sin embargo, era una sensación tan certera como la gastritis, como la depresión. El flujo se parecía más a la corriente de Tesla —que va y viene— que a un río. Noté que la frecuencia del flujo estaba sincronizada con nuestras respiraciones.
—Matt, detente. Para, por favor. —El flujo se cortó completamente.
—Marge, ¿pasó algo? ¿Te lastimé?
—Sinceramente, no lo sé. No sé si lo sentí o lo imaginé. No sé si era ternura, destrucción o ambas. En cualquier caso, se sentía bien hasta que empezó a sentirse terrible. Por eso te pedí que pararas.
Levantó su mirada. Nuestros ojos se encontraron. El momento que llevaba años esperando estaba cada vez más cerca.
—¿Tú, por qué crees que estamos aquí? —me preguntó.
—Muy sencillo, porque podemos. Si no hubiéramos podido, no hubiéramos venido.
—Te pregunto en serio.
—¿Recuerdas hace dos años lo que pasó en la portería de tu edificio? Esta es nuestra oportunidad para resolver el asunto. De principio a fin y de fin a principio...
—Entiendo —me interrumpió. Se tomó una pausa antes de decir lo que temía. —Eso que tú quieres que suceda no va a suceder.
Me explicó tranquilamente que no se iba a acostar conmigo. Tampoco me iba a besar siquiera. Tenía dos disculpas. La primera, que había terminado una relación hacía poco y sentía que íbamos a ser más de dos en la cama. Y le daba culpa. La segunda, que no quería perturbar nuestra relación actual.
—No quiero dañar esta amistad. Cuando me involucro con un hombre, desaparece de mi vida tan pronto como las cosas terminan. Yo no quiero que tú desaparezcas.
Comprendí que para ella no había zonas grises entre la amistad y el romance, y desistí. A pesar del rechazo, el momento no se volvió incomodo. Seguimos hablando como veníamos hasta que se quedó dormida. Yo sentía que no podía dormir en la misma cama que ella. Media hora en el sofá después, me acosté en la cama.
Cuando me desperté no sabía si lo que veía era realidad o seguía soñando. Ella estaba sentada en la cama mirando la carpa que se había formado en las sábanas. No me dejó preguntarle por qué tanto interés en mi erección matutina.
—Matt, anoche tuve una pesadilla. —Giró su cuello hacia mí cara. —Soñé que nos acostábamos.
—¿Y qué tal?
—Sinceramente, terrible. Una completa incoherencia con respecto a mis fantasías.
—¿Fantasías sobre nosotros? —le pregunté atónito, levantando la ceja derecha.
—Sí, cuando estábamos en la universidad envidiaba a tus novias. Te veía muriendo por ellas y pensaba en como vivías tú sin mí. Y yo perdiendo mi tiempo con... —En este punto se dio cuenta de que había dicho demasiado. —En fin, ¿puedo tocarlo?