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Gabriel Grau Caraballo

De Barranquilla a Las Vegas

7 min de lectura

Tenía más de un año de no pisar Barranquilla. Para un irlandés esto quizás no sea un periodo muy largo de tiempo teniendo en cuenta que Barranquilla queda en Colombia y pisar Colombia no debe ser la prioridad de la mayoría de los irlandeses. Sin embargo, para mí ese año se sintió como un eón. Es cierto que viajes no me faltaron en esa época, el trabajo nuevo me había llevado a descubrir buena parte del mundo occidental. De Dublín fui a Varsovia y conocí lo que era una verdadera discoteca. Cuando llegué a Verona dos días después todavía tenía resaca. Tuve que inventar milagros para no vomitar la Arena ni la casa de Julieta. Pasé por una ciudad pequeña llamada Trento donde cinco chinos se hicieron mis amigos de ocasión. Lastimosamente, ya les perdí el rastro.

Para alguien que haya nacido en una familia de clase media alta, si es que esa clase social existe en Cartagena, conocer tantas ciudades puede considerarse un logro. Pero la primera que conocí y que amé fue Barranquilla. Había estudiado allí y más adelante había conocido la verdadera independencia allí. Sin embargo,antes de la verdadera independencia, hubo un fin de semana en Barranquilla que hizo un recodo en mi línea vital.

Nos quedamos de viernes a lunes en la casa de la novia de mi hermano. Ella tenía una hermana. La primera noche que nos quedamos, la del viernes, transcurrió entre la cordialidad y la familiaridad sin mayores acontecimientos.

La segunda noche decidimos preparar cócteles y tomárnoslos con las hermanas y su madre. Ya cuando la madre se había ido a dormir y los cócteles se habían acabado, las dos hermanas se fueron a sus cuartos. Mi hermano fue a hacer control de daños y encontró dos cosas: a su novia dormida y a la hermana vomitando en el baño. Me lo contó y dijo “Allá se está alistando para ti.”

—Te acompaño en el sentimiento —le dije.

Se echó a reír antes de darse cuenta de que estaba abrazando un inodoro y su cabello se estaba mojando. Así era, graciosa a su manera. Tras pocos segundos se avergonzó y me pidió que saliera. La esperé sentado en el borde de su cama. Llegó e inmediatamente se acostó y cubrió con la sábana. Empezó el juego. Poco a poco se dejaba quitar la sábana. En cierto punto nuestras miradas se cruzaron y el beso era la única conclusión posible. Llegamos a un acuerdo tácito y era que los besos tenían que devolverse e inmediatamente iniciamos un crédito de besos. Por cada uno de mis besos ella decía un número. Nunca supe si la falta de orden en los números que suspiraba —uno, treinta y dos, veintisiete, ocho, dos, siete, dieciséis, trece, noventa— obedecía a alguna serie que no pude identificar, o si eran completamente aleatorios, o si las acciones de mis besos eran excesivamente volátiles.

Cuando hubimos saldado dos años de besos atrasados me puse sobre ella y acomodé mi erección en su entrepierna. Todavía teníamos la ropa de por medio, pero ya se sincronizaban nuestras bocas y nuestros cuerpos en un único movimiento rítmico que empezaba en el principio y en el principio terminaba, habiendo ido y vuelto al final. Nos quitamos los jeans. Volvimos a juntar entrepiernas. A través de la ropa interior ya se sentía la forma y algo del calor de lo que nos esperaba.

Deslicé mi dedo índice en su vagina e intentó callar un gemido categóricamente irreprimible. Sólo lo escuché yo, con mi oreja derecha dedicada exclusivamente a su boca. Su excitación se sentía en su respiración, la exhalaba; en sus manos, frías del sudor, y en sus clavículas, marcadas y temblorosas. Con mi otra mano extendida sobre su espalda, inserté el dedo medio y con ambos dedos busqué la parte superior de su vagina haciendo movimientos circulares. Me embriagaba la sensación de que mis dedos controlaban su respiración y me pareció hasta poético que sin ellos se moriría pues dejaría de respirar —no es extraño que me vengan estos pensamientos durante el sexo; en últimas, la fantasía disfrazada de poesía le daba algo de romántico a una situación que por principio era producto de la lujuria.

Le quité toda su ropa interior y besé su esbeltez desde el cuello hasta los pies. Ella adoptó una posición de examen ginecológico cuando la besé en la parte de adentro del muslo derecho y me deleité recorriendo con mis labios el camino hasta sus labios mayores. Besé y lamí su vulva de todas las maneras que conocía y ella me decía cuando lo estaba haciendo bien —el feedback es siempre bienvenido.

La penetré y lo supe todo. Supe que era ese el calor que estaba buscando desde que sabía que había que buscar un calor. Desde que tenía memoria. Era ese, indiscutiblemente. Pasada una canción llegué al punto en el que me disocio durante el acto coital. El comportamiento normal es que esto suceda sólo en el momento del clímax, en el orgasmo. Máximo siete segundos de placer absoluto en el que la conciencia se diluye. En mi caso, mi conciencia era líquida desde el principio del acto y no volvía a su estado original hasta venirme. Normalmente me disociaba por media hora, pero estaba el precedente de una hora y media cuando estaba tomando antidepresivos.

Volví a mí conciencia y la vi en la oscuridad del cuarto. Estaba acostada con una camiseta suelta cubriéndola. Su sonrisa de complacencia era preciosa. Sutilmente iluminada por la luz que se colaba por la persiana,recuerdo con tanta nitidez su imagen de ese momento que me es inefable. Resulta paradójico, pero lo que menos se puede ver es lo que más cerca se tiene. Esa noche me vine tres veces y gracias a la diligencia de mi hermano pude dormir hasta las cinco con ella entre mis brazos.

Aquí es donde digo que se formó un recodo en mi línea vital. Probablemente, en la de ella también. Pero ahora que admito lo mucho que la desconozco, aclaro que es solo una posibilidad. Siguiendo con el impulso de la noche anterior, ella y yo esperamos a que nos dejaran solos en el apartamento. Ella estudiando y yo trabajando —supuestamente, para repetir los rituales de la noche anterior. Bastará con decir que la parte que puedo recordar fue una iteración mejorada de la noche anterior. También me vine tres veces y es costumbre para mí enamorarme en la quinta venida.

Pasó una semana en la que no hice nada más que pensar en ella. Tenía libre la tarde del jueves y me atreví a ir a su casa. Me estaba esperando. Cómo era costumbre, no hablamos mucho. Nos acostamos. Con sólo cinco días de diferencia ya se marcaba el cambio que la relación emocional tiene sobre el sexo. Relación emocional que a su vez inició con sexo, haciendo esto un ciclo que no he podido abandonar en toda mi vida. Ella sospechaba lo que le iba a proponer, pero no estaba segura de cómo iba a ser la entrega.

—Mañana me voy para Las Vegas a ver a un cliente. ¿Estás de acuerdo en venir por el fin de semana?

Me miró con cara de desconfianza. Pensé que se iba a negar. Pero accedió, con la condición de que la tenía que llevar el lunes hasta la puerta de su casa.