Hoy iba caminando y pasé por tu edificio. Enseguida mi mente se llenó de ti. No te imaginas la alegría que me dio ver que estaban vendiendo un apartamento en el tercer piso. Un apartamento que quizás me dé la oportunidad, si logro conseguir los medios para conseguir los medios para comprarlo, de darte los buenos días con la casualidad de un accidente. Que yo no esperaba verte siquiera y pasaste vestida de rutina mientras yo saludaba al portero y tú por un momento –el momento sería mágico–, tan solo por un momento me sonreías y ya mi día no empezaba, sino que decaía incesantemente a partir de ese momento en el que dirigías la contracción de tus comisuras hacia mí.
¿Te lo imaginas? Oh, mi querida Emilia, con tus cabellos de orquídea en invierno, de naufragio con papayera. No sabes cómo anhelo que cuando llegue la hora de dejar de vivir con tus papás quieras vivir conmigo. Y cuando me des los buenos días me dejes besarte la frente, en un intento desesperado y persistente de meterme un poco más en tu corazón, hasta que esté tan adentro de tu ser como tú moras mi alma.
Emilia, qué soy de ti, no te das cuenta de que eres mi última experiencia. Cada vez que vivo algo nuevo e interesante lo catalogo de experiencia. Sin embargo, después de ti ya nada será nuevo, pues en tu pecho se encuentra el ser en su totalidad. El final de mi búsqueda.
Emilia, que la última vez que nos vimos llevabas tus rizos de oro trenzados y me dedicaste una sonrisa que se perdió entre la gente como una gota en un huracán —pero yo la encontré—, que había que querer notarla para darse cuenta de ella, ¿te imaginas toda la belleza que podemos construir en ese apartamento del tercer piso de tu edificio?
Nos veremos en otra vida,
Tuyo, aunque no me creas,