La primera vez que Laura tiró con la banda sonora de Whiplash de fondo fue con Carlos. Hasta esa tarde de lunes había echado la mayoría de sus polvos a capela. Se esforzaba por llenar la habitación con sus gritos desde que escapó de los polvos mudos del apartamento que compartía con su mamá y tres hermanas.
Desde los catorce hasta los diecisiete calló treinta mil gemidos. Primero calló para que su mamá no se enterara de que ya ella conocía —y peor, le encantaba— el aturdimiento. Después de la conversación en la que su mamá empezó decepcionada por sus avances y terminó contándole que ella había empezado a los trece, siguió callando, pero por tradición familiar.
Cuando Laura cumplió dieciocho años, su novio del momento le regaló una visita a un motel. Por afuera, el edificio le pareció que tenía la misma estructura que la pizzería a la que la llevaba su mamá de niña para desentenderse de ella el tiempo que la ilusión del parque infantil le durara. Mientras se relajaban en el jacuzzi, Laura logró escuchar varias notas de gemidos en otras habitaciones y, aunque no fue con estas palabras, pensó “yo también puedo”. Aceleró lo que precedía al juego previo y llegó triunfante al cunnilingus. Tuvo que contener las ganas de contener un gemido para descargar su “por fin”. Fue un gemido que cortó en dos el aire de la habitación. El novio, por su parte, sí dijo “por fin” y lo que tuvo que contener fue un “¡no joda!”. Laura lo silenció cruzando las piernas alrededor de su cabeza. Apretó un poco más de lo necesario y eso la excito aún más.
Laura se descargó tanto en su primera visita a un motel que llegó a su casa sin voz. La mamá no tuvo que preguntarle el motivo, sencillamente notó que Laura olía a los jabones que ella misma coleccionaba cuando las hermanas de Laura no habían nacido. Tampoco es que Laura hubiera pensado en una excusa. No solo estaba aturdida, su nuevo descubrimiento la tenía ebria. Pensó, con otras palabras, que mientras gemía competitivamente hacía suya la habitación alquilada por horas.
Cortar el aire en dos se convirtió en su obsesión y con su nuevo grito de conquista colonizó ochenta y cuatro habitaciones, según las cuentas de su archivo de facturas de la farmacia. Todas las facturas coincidían en el naproxeno y los condones. Al comprar ella los condones se decía a sí misma que era por asegurarse, la realidad es que lo hacía para tener una dosis extra de control sobre los polvos.
También era ella quien dictaba la fecha y hora del encuentro, aquí sí era honesta consigo misma. Sabía que con ser impredecible, sus parejas estarían siempre a la expectativa. No le interesaban los hombres que la pensaban poco, ni los que no le seguían el juego. A este punto debería ser evidente para el lector, para Laura lo era, que a Laura le gustaba, tal vez demasiado, el poder que ofrece el control.
Carlos era de los que le seguían el juego. Cuando miró su teléfono, encontró un mensaje de Laura. Decía “30 minutos”. Carlos palideció. Mientras bordeaba la piscina estrechando manos como un político afanado, lo sintió por primera vez. En el ascensor llegó el segundo aviso. Subió de vuelta a la piscina. Se acercó al parlante que estaba cargando junto a las toallas, lo tomó y huyó sin que nadie lo viera. Recordemos que se estaba comportando como un político afanado y lo cierto es que sí lo vieron. Al menos, yo lo vi.
Con una valentía intestinal que él mismo desconocía, Carlos le pidió a Laura que lo esperara en la cama. Ella jugó a hacerle caso y se acostó. Mientras Laura se desnudaba, empezó a sonar la batería de Caravan. Pensó, no sé si con palabras, que los platillos estaban en una frecuencia que competía con sus gemidos y se indignó. Notó que la canción le llevaba ventaja y se empezó a masturbar. El primer gemido no cortó en dos el aire. El segundo tampoco.
Carlos volvió del baño pasándose la mano por el breve espacio entre una nalga y la otra, y no sé si hizo algún comentario sobre el papel higiénico que lo lastimó en voz alta, supongamos que no. Encontró a Laura absorta en un frenesí mudo. Se acostó a su lado y buscó una erección urgente para unírsele. Con el brazo que tenía libre la intentó abrazar. Encontró su seno firme a la vuelta y lo apretó. Le arrimó su orgullo en el costado. Laura no se percató, permaneció en su hechizo como si estuviera sola con la batería, y lo estaba.
Acabó la canción y Laura se descubrió en una cama alquilada por horas, jadeando en silencio y masturbándose en paralelo con un hombre más desorientado que ella. Laura levantó las cejas, aceptó su circunstancia y le pidió a Carlos que repitiera la canción y se acomodara. La batería de Caravan la distrajo por los nueve minutos y catorce segundos que le concedió a Carlos. Acabó de nuevo la canción, Laura se incorporó y empezó a vestirse. Le preguntó el nombre de la canción y cuando lo tuvo no le prestó más atención al desconcierto de Carlos. No volvió a verse con Carlos. Se convirtió al jazz y tampoco volvió a cortar el aire con sus gemidos. Esto último, me consta.