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Gabriel Grau Caraballo

La venganza

2 min de lectura

muchos años después,
cara a cara
con quien algunas veces fue
el enemigo
y muchas otras fue
el amante,

hemos de hallarnos
un poco más felices
solo un poco basta,
nunca sobra,
para desencadenar
una avalancha de alegría

y en medio del
sepulcro nevado,
estamos alegres y
firmemente decidimos
endulzarlo aún más
con almíbares coloridos
y por qué no,
de sabores

no tan pronto hemos comenzado
a masticar el dulce frio,
cuando nos damos en la frente
con otra frente,
u otra parte

lo importante en realidad,
es que sea ajena
y no podemos sino reírnos,
de la calurosa coincidencia
aunque Carl las niegue
categóricamente
otra gente llama aquello
destino.
yo con eso, sencillamente,
no me meto

y entonces,
solamente entonces,
cubiertos hasta el espíritu de
nieve azul de tranquilidad
o roja de complicidad,

nos daremos cuenta,
quizás por el frío,
de que la mejor venganza
—por muy feo que suene—
acontece en silencio

esto nos vuelve,
naturalmente como
no puede ser otra cosa,
humildes
uno más y uno menos,
del inmenso todo
nos baja y no nos deja que subamos
demasiado
no tan alto, dice como Pablo

pero sí un poco
por encima del suelo
casi como queriendo
buscar el tropezón,
como Franz

finalmente, nos vuelve cariñosos
y en la eterna conquista
—la del calor—,
encontramos al anterior enemigo
doblado —casi como imitándonos—
en hermano